Pentecostés (parte 2)
En el cenáculo de Jerusalen

El día de Pentecostés se ve a los Apóstoles reunidos en el piso superior del cenáculo en Jerusalén (Hech 1,12-14) en obediente espera.
El regreso de los apóstoles a Jerusalén está especificado: la ciudad santa es el lugar de partida de la actividad apostólica. No está especificado el número de personas presentes en el cenáculo, probablemente no más que los doce apóstoles los cuáles son mencionados en representación de la futura Iglesia.
La presencia de la Madre de Jesús.
Es precisa la presencia de María, la madre del Salvador y de algunas mujeres. Algún exégeta pone en paralelo la formulación de la promesa del don del Espíritu Santo hecha por Jesús antes de la Ascensión (Tendrán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes Hech 1,8) con las palabras del ángel a la Virgen en el momento de la Anunciación (El Espíritu Santo descenderá sobre ti, extenderá su sombra el poder del Altísimo Lc 1,43). María en la Anunciación resulta ser el correspondiente de la Iglesia retomada en Pentecostés, pero en la narración de Lucas es también el centro. Alrededor de ella rotan, en efecto, los apóstoles, las mujeres y los hermanos de Jesús (Hech 1,14), o sea todos aquellos que verán realizada en ella la profecía de Gl 3,1-5.
La presencia de las mujeres
Mencionando la presencia de las mujeres en el cenáculo, Lucas está describiendo probablemente la situación de la comunidad cristiana primitiva, en la que la presencia femenina no era discriminada, como muchas veces ocurría en los judíos contemporáneos del Mesías. El Espíritu Santo desciende indiscriminadamente entre los que componen la humanidad. En el judaísmo las mujeres eran colocadas en parangón con los publicanos y pecadores. Durante el culto en las sinagogas no se mezclaban con la asamblea, ellas ocupaban el gineceo, que era un lugar asignado a ellas y era relativamente escondido y apartado.
En el templo no podían andar sino en el patio de las mujeres, no podían frecuentar las escuelas que formaban en la enseñanza religiosa. Sus testimonios en los tribunales no tenían ningún valor y menos podían recitar la oración en la mesa. Ya en el curso de su vida pública Jesús había obrado una revolución acerca de la representación femenina, beneficiándola en el cuerpo y en el espíritu a la par de los hombres. (Lc 4,38-39; 7,36-50).
Llevándolas por encima de sus contrarios (cfr. Jn, 3) y admitiéndolas entre sus seguidores (Lc 8,2-3), las tiene por igual que al hombre en la comprensión y el tratamiento de las cosas de Dios (con Marta, hermana de Lázaro, discute sobre la resurrección, Jn 11; en el diálogo con la Samaritana habla del verdadero culto, Jn 4. Al final confía a las mujeres la tarea del anuncio pascual Lc 24,1-10; Mt 28,1-8; Mc 16,1-8; Jn 20,1-2.11-18). Enviando al Espíritu in modo indiscriminado, el Creador se muestra solidario con la humanidad entera porque en su proyecto de salvación están incluido ambos representantes del género humano. Naturalmente el lugar del primer plano le corresponde a aquella que ya ha realizado una amplia experiencia del Espíritu, desde el anuncio del nacimiento del Mesías, la Santa Virgen (Lc 1,26-38).
El libro de los Hechos señala el triunfo de la libertad del Espíritu que es prometido a cada una de las creaturas (cfr. Gl 3) como el don escatológico para la comunidad mesiánica, se difunde, sin solución de continuidad de círculos concéntricos cada vez más amplios. Es un regalo para todos, no elitista, es un don universal, no está reservado sólo a algunos elegidos para una tarea en particular, sino a todos aquellos que lo soliciten (Lc 11,13). (CONTINUA)
da L. Lucci, Testimoni del Risorto, Villa Verucchio (RN) 2008
Follow 72HoursForJesus.org