PENTECOSTES (parte 1)
En espera del Espíritu Santo
Al inicio del Libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta el grupo de discípulos reunidos en el cenáculo de Jerusalén, después de la Ascensión, en espera del Espíritu. A ellos recién se les había hecho una consigna de parte del Resucitado: Tendrán la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos (Hech 1, 8 cfr. Lc 24, 48-49). Durante el ministerio palestino de Jesús se había hecho ya, de alguna manera, la experiencia del poder de Dios en ellos, por medio del cual habían sanado enfermos y echado demonios (Lc 9, 1-6) todavía las condiciones son profundamente cambiantes; en medio ha estado la Pascua. En 40 días en el curso desde la resurrección y la ascensión del Maestro es repetidamente la aparición a ellos hablando del Reino de Dios (Hechos 1, 3) y ha mandado solemnemente ordenado a ellos el no alejarse de Jerusalén, y atender al cumplimiento de la promesa del bautismo en el Espíritu Santo. A esta realidad, Lucas atribuye una importancia capital, dada que con la misma orden no solo se cierra la primera parte de la obra, pero se abre la segunda parte. En el prólogo de los Hechos el mandato y la promesa del Espíritu de parte del Resucitado se repite por bien dos veces en pocos versículos (Hech 1, 5: 1, 8) convirtiéndose así lo medular entorno a lo que gira la obra entera de Lucas…

Varios elementos de la conclusión del evangelio de Lucas y del prólogo de los Hechos introducen un advemiento lleno de imponderable misterio. El Lenguaje, en efecto, es solemne como lo es la secuencia de los Hechos: el mandamiento y la promesa de parte del resucitado preceden inmediatamente el arrebatamiento de Jesús al cielo (cfr. Lc 24,48-51).
Todo entonces confiere a las palabras del Cristo, valor de un testamento espiritual. En Hechos 1, 10-11 están presente también mensajes celestiales como en la obra de Lucas (cfr. Lc 1,26; 2,9ss), dando como en toda la obra de Lucas, la explicación de un evento extraordinario, y la nube, característica de la teofanía bíblica.

También el lugar de la ascensión, Jerusalén, confiere solemnidad a la escena. Esa es la ciudad santa, que ha señalado las etapas importantes de la vida de Jesús terreno, que ha visto la conclusión de la obra terrena del Mesías. Ahora esa se convierte en el punto de partida de una nueva avanzada del ministerio del Cristo, y obra de los nuevos protagonistas del anuncio del reino, guiados por el Espíritu prometido. El testimonio al cual somos llamados parece ser así de importante y requiere de una efusión del todo especial, que va junto a una actitud de profunda espera.

Queda de pedirle si los discípulos, ya elegidos, por medio del Espíritu (cfr. Lc 6,12-16)y ya testigos privilegiados de esto, tener la conciencia de encontrarse delante de una realidad en cualquier manera distinta. La pregunta resguarda la reconstitución del Reino de Israel (Hech 1,6) se muestra todavía viva en ellos la antigua expectativa judía de un reino escatológico que el Mesías habría instaurado. De este reino los primeros cristianos se concebían como la primicia por medio de la que todo el pueblo de Israel sería salvado (cfr. Mt 19,28). La respuesta de Jesús corrige, supera, esta expectativa. Los tiempos y el lugar para la realización del reino no son sobre puestos a las limitaciones de los deseos humanos, porque el plan de Dios permanece inconmensurable (Hech 1,7) No será el Mesías en persona el que realizará el proyecto; este será como sea actuado por medio de los apóstoles que con la ayuda de la nueva fuerza de Pentecostés, extenderán el anuncio hasta los confines de la tierra (Hech 1, 8) (Continua)
da L. Lucci, Testimoni del Risorto, Villa Verucchio (RN) 2008
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